viernes, marzo 17, 2017

Reseña: Amityville 5 (1990)

Al igual que con la cuarta entrega que reseñamos hace ya un tiempo, Amityville 5: La maldición de Amityville (1990) intenta extender artificialmente la vida de la saga de casas embrujadas más longeva del cine de terror, y lo hace no de la mejor manera posible. Así como su predecesora fue una película hecha para la televisión, esta continuación fue lanzada directamente en formato doméstico para quedarse allí: hasta la fecha sigue relegada exclusivamente al VHS en su país de origen, y de hecho sólo existe una edición europea en DVD nada fácil de conseguir, cosa rara porque todo el resto de la saga, incluyendo las entregas posteriores, ya ha sido editado. Este hecho en sí no dice nada en cuanto a su calidad (muchas joyas de décadas pasadas se han perdido en el purgatorio de la cinta magnética) pero sí deja claro que Amityville terminó de manera "oficial" con la tercera parte, y todas las que vinieron después fueron secuelas pseudo-oficiales que buscaron aprovechar el tirón comercial de la primera aunque en el fondo no tuvieran mucho que ver.

Esto nunca fue tan evidente como en esta quinta entrega: esta vez el argumento tiene lugar en el mismo pueblo de Amityville pero en otra casa con otra maldición que nada tiene que ver con los fantasmas del 112 de la Ocean Avenue. En esta ocasión un grupo de amigos compra un antiguo caserón y decide pasar unos días en él para restaurarlo con la esperanza de revenderlo y sacar algún dinero. De entrada la idea no está mal aunque resulta un poco descabellada la forma en que está planteada ya que la película intenta cubrir con estos personajes ciertos arquetipos que normalmente se dan de forma externa. Me explico: los componentes del grupo tienen varias profesiones y cumplen distintos roles que nada tienen que ver con la idea de restaurar la casa, por lo que la forma en que están seleccionados estos personajes parece un tanto arbitraria y toda la premisa es por lo tanto sólo una excusa para mantenerlos a todos en el mismo lugar fuera de toda lógica.

Donde Amityville 5 intenta innovar es en la construcción de un misterio de baratillo que hace de la maldición el resultado de un crimen del pasado, un fantasma vengativo que obedece a una trama muy específica que nada tiene que ver con la ancestral historia de terror que era, por el contrario, el aspecto más interesante de la película original. Donde sí se parece a las otras entregas es que aquí también hay una trama de posesión en la que uno de los personajes sucumbe a la influencia del fantasma y se convierte en un asesino. Lo más triste es que por momentos pareciera que la trama busca mantener la identidad de esta persona afectada en secreto, pero fracasa estrepitosamente ya desde el primer minuto cuando vemos que entre el grupo de protagonistas está el actor Kim Coates con una pinta y manierismos de asesino en serie incluso antes de ser poseído, por lo que cualquier intento por ocultar su condición se vuelve inútil y francamente algo risible. 

Coates es por cierto el único actor reconocible de un elenco que incluye la curiosa presencia de la filipina Cassandra Gava, aquella bruja que salía en Conan el bárbaro (1982) como infaltable reclamo erótico, y ni siquiera él puede salvar un cúmulo de actuaciones abismales en una secuela realmente pobre que no aporta absolutamente nada a la saga. Su mayor defecto en realidad no es el que se alejara de forma engañosa de la premisa original, sino el que resulte tan fría, aburrida y poco interesante, dejando de lado la idea del Mal presente en la casa para sustituirlo por un falso misterio que, una vez resuelto, termina siendo muy poca cosa. El completismo absoluto es la única excusa que tenemos para ir comentando todas las entregas de Amityville antes del inminente estreno de la nueva este año.